Los equipos occidentales tienen sus miras precisamente ubicadas en el mero centro del pecho de los Houston Rockets. El equipo que comprueba su puntería como la más certera con un tiro en el blanco de ése pecho tendrá como un premio un pasaje sereno hacia la segundo ronda de los playoffs.
Esa es la triste realidad de esta temporada. Ahora, después de una lucha más simbólica que auténtica, estoy resignado a ella, pues siento una certidumbre implacable que ha obligado la excavación de un foso alrededor de aquella racha magnifica e inaudita que ha convertido a esta temporada en una de las más inolvidables y, de nuevo, inspiradoras.
No importa si estamos analizando los más deseables adversarios de los Warriors, que hoy en día se encuentren fuera de los playoffs, o los Spurs, que actualmente disfrutan de una posición superior y cada vez más fugaz en el primer lugar del tablero occidental. La verdad es que cada uno de ambos equipos, e inclusive los que se encuentran en medio de ellos, ambiciona un encuentro en contra de los Rockets.
En contra de los Rockets, porque últimamente después de cada partido demuestran que su racha increíble fue una aventura fantástica, creada y realizada a través de una mezcla mágica de química, amistad, suerte y circunstancia, un accidente breve de la historia cuyo restablecimiento tardío ha llegado con fuerza. Ahora los Rockets parecen, no sé si en comparación o en realidad, cansados y vacíos, como si esos 22 juegos los despojaron de todo el ánimo y esfuerzo necesario para superar las desigualdades cotidianas que enfrentan casi todas las noches sobre la cancha.
Digo eso, en mayor parte, por los comentarios recientes de Tracy McGrady. Antes de encolerizarme por ser lagrimoso y perezoso, como siempre he hecho, intenté entenderlo y encontré la manera de justificar su proceder. Tiene razón, la más clara y siempre repetida, pero cada vez ignorada, razón. Últimamente, la gran mayoría de sus compañeros disfrutan del espacio y el tiempo que precisan para contribuir a las victorias – por lo menos ofensivamente – tras de sus jugadas, sin él no son capaces de ayudar al equipo eficazmente.
Y eso no es justo, no es justo que sólo él sea capaz de crear jugadas y tiros favorables, siempre de la nada, por si mismo e inclusive para sus compañeros. Tomando en cuenta esa responsabilidad desalentadora sobre su cuerpo y ánimo, no debemos estar sorprendidos ni molestos por su cansancio visible y expresado, porque es un cansancio físico, mental y espiritual racionalmente esperado.
Regresando al tema principal de esta entrada…
Los Rockets carecen de un pívot con altura, anchura, físico y talento, un pívot capaz de enfrentarse contra los gigantes del oeste y disminuir el ataque de ellos y a la vez atacarlos con una ferocidad incalmable, un pívot como el lesionado Yao Ming. Esa carencia tiene a equipos como los Warriors, Nuggets, Mavericks y Hornets, que también carecen de ése mismo pívot, salivando por la posibilidad extremamente verosímil de aventajarse del interior viejo, diminuto o novato de los Rockets, y los equipos como los Jazz, Suns, Spurs y los Lakers, que no sufren de esa carencia, pues, ellos tienen que tener cuidado de no ahogarse en su propia baba.
Hay que contestar una preguntita que quizás nos demostrará la mera verdad de la situación de los Rockets:
¿Cuántos de los cinco titulares de los Rockets merecen la misma puesta en cualquier de los nueve principales equipos de la Conferencia Oeste?
Fácilmente podemos eliminar a uno, Dikembe Mutombo, porque a pesar de que él es, y probablemente siempre será, el jugador filántropo ejemplar de la NBA, y le echa más ganas y posee más sabiduría que tantos que han jugado, sólo puede ser quien es sobre la cancha por unos escasos minutitos.
Su vecino del interior, Luis Scola, puede ser una figura principal en todos de esos antemencionados equipos occidentales, no hay lugar de dudas en eso, pero dudo que sea un jugador titular en lugar de ala-pívots como David West, Carlos Boozer, Pau Gasol, Amaré Stoudamire, Al Harrington, Dirk Nowitzki, Kenyon Martin y Tim Duncan, ¿qué no?
En la posición de base tenemos al polémico Rafer Alston, bueno, aquí en Houston seguimos discutiéndolo como si fuese una estrella, pero en este término definido no hay nada que discutir, el único equipo en que Rafer Alston seguiría siendo titular es el equipo de Denver, derrocando a Anthony Carter.
En Shane Battier tenemos un jugador demasiadamente menospreciado que, por mi parecer, aunque les cueste una reconstrucción del quinteto titular, cualquier de los antemencionados equipos lo añadirían a su plantilla como titular.
Yo sé que eso fue un resumen básico y, quizás, mal dirigido, ¿pero equivocado? No, para mí no. Al fin y al cabo, los Rockets superaron sus propias limitaciones a través de un camino en que los niveles de intensidad, concentración, química, esfuerzo, emoción y entendimiento del equipo estuvieron todos en sus cumbres a la vez. Nadie puede combatir contra esa combinación invencible, por eso salieron invictos tras del son del pito final de 22 partidos en racha, pero ahora, en la ausencia de esa mezcla, se les imposibilita el mantenimiento de una consistencia mediocre.
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