viernes, 26 de septiembre de 2008

Nuevos pensamientos disparatados sobre la NBA

Los que me conocen, saben que soy un aficionado neurótico del baloncesto y, por extensión, de la NBA y, por otra extensión, de los Houston Rockets. Así que, ahora que está por arribar octubre y estamos tan cerca de las iniciaciones de los campamentos de instrucción, he estado cavilando sobre la temporada venidera.

Recapacitando los acontecimientos de la temporada del año pasado; la coronación de los Celtics, la nueva ascensión de los Lakers, la décima derrota precoz de los Rockets, los jugadores en repecho y los jugadores en pendiente, las interpretaciones heroicas de ellos, y además sobre los sucesos presenciados en Beijing.

Especulando sobre el porvenir; la añadidura arriesgada de Ron Artest a los Rockets, las alteraciones neurálgicas de los Nuggets, Warriors, Clippers, 76ers, Raptors, etcétera, la reaparición de la superestrella Dwyane Wade, los envejecimientos de las superestrellas de antaño como Shaquille O’Neal, Steve Nash, Jason Kidd, Allen Iverson, Tim Duncan, etcétera, el juego de las sillas de los entrenadores, y la aparente invencibilidad de los Lakers.

Ahora quiero escribir un poco sobre algunos de mis cavilaciones aunque propenden ser insensatas, presuntuosas y bruscamente entabladas y zanjadas; empezaré con la coronación de los Celtics:

Aunque fue verosímil debido a la potencia de la combinación hercúlea de Kevin Garnett, Paul Pierce y Ray Allen, la reconquista céltica de la NBA no fue nada fácil. Tuvieron que guerrear contra los equipos menospreciados de la conferencia oriental; los imberbes Hawks los tenían arrinconados a causa del atletismo inagotable y la juventud inconsciente; los Cavs, a cuestas de los hombros anchurosos y musculosos de LeBron James, hicieron lo mismo; y en las finales orientales vencieron a los veteranos de Detroit con un profesionalismo portentoso.

Y, al fin y al cabo, pasaron a los Lakers y a un Kobe Bryant humillado por alto. Con esa victoria, los Celtics merecen ser ensalzados eternamente como equipo; Doc Rivers amerita una posición vitalicia como entrenador céltico; y Kevin Garnett erigió una efigie adyacente a los gigantes inmortales de la historia baloncestista.

Los Lakers, pues este equipo es fácilmente el más talentoso de la liga, y por mi parecer, nadie se acerca de él en este aspecto. El equipo beneficia del actual jugador más valioso de la NBA, el antemencionado Kobe Bryant; el español Pau Gasol es el perfecto pívot para el ataque triangular; el enigmático pero versátil ala pívot Lamar Odom está en su ambiente preferido como jugador complementario; el lampiño pívot Andrew Bynum es profetizado como una estrella sin cúspide; y además posee la manada de jugadores secundarios más guarnecida de la NBA; y sobre todo eso, el equipo está capitaneado por el maestro del zen, el nueve veces campeón Phil Jackson.

Por el odio encarnecido hacia este equipo angelino, siento un regusto en mí tan asqueroso al pensar en él que podré dejar de escribir este artículo, sin embargo, no me doy por vencido ante este equipo porque sólo está superficialmente fornido; dentro de sí le falta el denuedo ineludible para ganar el campeonato.

Desgraciadamente, cuando reflejo sobre los Rockets mi cariño eterno hacia ellos no basta para lograr esquivar su propia carencia de denuedo, pero no anímica como la de los Lakers, sino física, pues sus dos pilares primordiales aparentemente carecen de la fortaleza corpórea necesaria para sobrevivir los flagelos de la temporada agotadora y la postemporada escabrosa.

Pienso que la alineación perfecta de sus estrellas es demasiadamente inverosímil, por ende sin ella los cuerpos quebradizos de Yao Ming y Tracy McGrady y, por ósmosis inexplicable, de sus compañeros no podrán llegar a los playoffs ilesos; en efecto, ese acaecimiento no ha sido visto el las cuatro temporadas que ambos han pasado emparejados, ¿será el quinto lanzamiento el nítido?

La NBA es una liga indudablemente de los jugadores, en consecuencia la suerte de ella está vinculada a sus jugadores; actualmente me encuentro vacilando sobre el porvenir de ella a causa de que no tengo tanta confianza en los jugadores recién destellados ante nosotros.

Incluso desconfío en el rey de ellos, LeBron James, por su dependencia en sus atributos atléticos en vez de la cualidad de sus habilidades baloncestistas. Esa misma característica, que por mi parecer es muy dañoso a largo plazo, corre desenfrenadamente en las mentalidades de varios de sus nuevas estrellas, y desgraciadamente, es celebrada por la liga e incluso la gran mayoría de sus aficionados fáciles porque se trasmite espectaculosamente a través del televisor.

Me entristezco al pensar que jugadores como Kevin Garnett, Tracy McGrady, Kobe Bryant, Tim Duncan, Manu Ginobili, Ray Allen, etcétera, es decir, jugadores habilitados sobremanera, evidentemente serán reemplazados por jugadores como Dwight Howard, Josh Smith, Dwyane Wade, LeBron James, Amaré Stoudamire, etcétera. Es cierto que jugadores veinteañeros como Chris Paul, Carmelo Anthony, Chris Bosh, Deron Williams, Pau Gasol, Monta Ellis, Brandon Roy, etcétera existen y están haciendo proezas dignas de alabanza, pero, por mi parecer, por pesimista e irracional que sea, son escasos y no son patrocinados por la liga y sus fans como los predilectos que suelen repletar los rollos de momentos destacados.

Me dicen que la agregación de Ron Artest a los Rockets los ayudará a sobrevivir las lesiones inesquivables del chino de Shanghái y del floridense; sin duda, pero el equipo añorará a Yao Ming o Tracy McGrady en la postemporada, no obstante que el que se quede a salvo de lesión se armoniza bonitamente con el maniático guerrero neoyorquino.

Si usted lector vislumbra una aversión sardónica, pero real, hacia Ron Artest en mi prosa, no es un espejismo, pues obviamente ya he juzgado su adición como equivocada, porque por mi parecer él es una granada sin seguro lista para estallar. Pero esa animosidad no ofusca su valor como jugador, pues es palmaria su cualidad superior como jugador; fundamentalmente es cabal y eso, como ya he implicado, me encanta; defensivamente es uno de los mejores sino el mejor de la liga; y ofensivamente es excesivamente menospreciado, en efecto, es básicamente imparable cuando está enfocado.

No deja lugar a dudas, como un jugador, él es inasequible y la inversión no es tan comprometida, pero también su temperamento explosivo ha sido fundado a través de antecedentes infames; suele ser incontrolable, imprevisible, hipersensible, fragoroso, titubeante, y de orgullo delicado. En fin, me inclino más hacia el porvenir, por lo menos, decepcionante, y, a lo más, catastrófico, pero mantengo una esperanza, aunque diminutiva, viva hacia lo glorioso también porque, como nos ha dicho Tracy McGrady, nada es imposible.

Es muy triste para un admirador - como yo - de Allen Iverson ver a la postrimería de su carrera en tan bajas condiciones; sin porvenir fructuoso a pesar de sus esfuerzos sobrenaturales para prolongar su trayectoria mucho más de lo que previeron sus antagonistas numerosos e incluso sus más leales aficionados. En su actualidad miserable se encuentra en un equipo francamente dimisionario, pues qué más se puede decir de un equipo después de un verano de deconstrucción, enfrentando a una época de reconstrucción y encabezado por un entrenador que no se puede respetar porque todo el mundo sabe que no regresará.

Quizás podrás decir que llueve sobre mojado con Iverson, que siempre ha sido así y que eso tiene mucho más que ver con él, más bien con su estilo de juego, que con la baja gestión de los ejecutivos que han tenido sus equipos. Bueno, todo es posible, pero para mí él ha sido victimado por equipos que lo han usado sólo para vender boletos y por entrenadores que han encontrado en él su chivo expiatorio.
Salvo un intercambio misericordioso a un equipo menesteroso de sus habilidades, pero a su vez idóneo sin él para el éxito, el callejón en que se encuentra se mostrará efectivamente sin salida.

Bueno, hasta la próxima vez que me pegue una ráfaga baloncestista.